Un sueño con monedas

En la vereda de mi casa, se me caen algunas monedas mientras las voy guardando en el monederito de mi billetera, que es un poco incómodo y tiene el cierre roto. Son varias, de cinco, diez y veinticinco, por eso se me caen algunas; me suele pasar. Al notarlo, se acercan corriendo algunos niños, y yo en el suelo recogiendo, apurado, al sol, sin poder tomarlas todas de una sola vez. Son más monedas, o terminaron yéndoseme todas de las manos. Ante mis narices, un niño recoge varias y se las queda para él. Intercepto su mirada, que no es esquiva, y no encuentro en ella culpa ni disculpa: el niño se va sin más, dejando atrás una pequeña polvareda. Otro se muestra más noble: recoge un diez y me lo da en la mano. Yo, que en la palma tengo varias más, recibo la moneda, le agradezco y se la devuelvo con índice y pulgar, dando vuelta la mano y cerrándola en un sólo movimiento para no dejar caer el manojo sudado y tintineante, como hace uno cuando tiene que elegir entre varias y sólo tiene una mano disponible.

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