Orden del día

Este texto se publicó hoy en El Sol. Lo que narra me pasó mientras Argentina jugaba contra Brasil en los Juegos Olímpicos de Pekín. Lo escribí para que saliera el miércoles pasado –al otro día del partido–, pero no se pudo.

    Por eso, donde dice “ayer” hay que interpretar “el martes de la semana pasada” (en la versión de papel eso está corregido, pero acá prefiero poner el original).

“Creo que Argentina fue superior a Brasil pero no tanto como lo reflejó el marcador”. Esa conclusión de comentarista la habrán escuchado, ayer al mediodía, millones de argentinos y brasileños alrededor del mundo por radio o televisión. Pero yo la oí del tipo que estaba al lado mío ante el mostrador del corralón. Porque, minutos después de terminar el partido, yo no estaba en mi casa, sino comprando los azulejos que faltaban para el arreglo del baño.

El tipo hablaba serio, con los ojos semicerrados, levantando la mirada más de lo usual, aún si su interlocutor –el empleado del corralón– no hubiera sido de baja estatura. Más que la falta de pasión o la frialdad de su comentario, me sorprendieron sus aires de analista deportivo, siendo que lo escuchaban, como máximo, dos personas (y eso contándome a mí, que no participaba de la charla). Yo esperaba atento que terminara su discurso… para que me atendieran de una vez.

Me sentía aliviado –quién no– por el resultado, pero no solamente por eso. No me arrepiento de no ser ‘futbolero‘ en esta cultura donde el fútbol se confunde con la militancia o, aún más, con la religión. Pero sí me interesa que a la Selección le vaya bien juegue donde juegue, y más contra Brasil y defendiendo una medalla olímpica.

Recuerdo haber estado preocupado la noche anterior por cómo la pena de un hipotético fracaso argentino en el fútbol nos haría olvidar otros temas, como los juicios al Padre Grassi y Chabán, o lo de Aerolíneas… o qué sé yo.

Fue todo un alivio enterarme por la tele, durante los últimos minutos del partido, del memorable tres a cero. Pero el alivio completo me llegó unos minutos después del final, cuando me largaron de la comisaría donde había estado detenido viendo el final del segundo tiempo.

Muy amables y comprensivas las dos señoras de los escritorios que, como buenas mujeres, no estaban muy atentas el juego y me regalaban, como al pasar, miradas maternales y comentarios comprensivos. Debo decir que el policía de civil que me había ido a buscar a mi casa en una ‘cebrita‘ tampoco estaba absorto en lo que hacían nuestros chicos del otro lado del planeta. Es más, yo mismo creía estar más al tanto que él del resultado mientras viajábamos en el celular, él manejando y yo tras esa red de alambre. (Son duros los asientos traseros de los móviles policiales: todos de plástico, rectos, sin tapizado… No lo sabía hasta ayer.)

No me arrepiento de no tener televisión en casa (con lo que hay para ver…). Aparato tenemos, pero sólo conectado al DVD, ni siquiera a la antena vieja del techo. Por eso, al partido lo venía siguiendo por radio. Aunque mucho no alcanzaba a oírlo, por el ruido que hacía el albañil con el taladro. Y parece que él tampoco estaba tan interesado, porque me contestó “Como vos querás” cuando le ofrecí poner el aparato cerca de él.

El primer tiempo había acabado más o menos para cuando pasó del taladro a la espátula, así que, al preguntarme el policía cómo iba el partido, yo sólo atiné a contestar que me parecía que Messi se había perdido un penal y que el ‘Kun’ Agüero había hecho un gol, pero que no estaba seguro.

No me arrepiento de habernos olvidado de ponerle timbre a las rejas que hicimos en el frente de la casa hace unos tres años, antes del casamiento (así no molestan…). Cuando escuché los aplausos de la oficial judicial que llamaba a la puerta, el segundo tiempo ya había empezado –creo–. No lo sé bien porque la poca atención que yo le podía prestar al partido terminó en sus aplausos. Esta chica –la oficial de justicia– miraba dubitativa sus papeles y respondía con evasivas a mi pregunta de adónde me estaban llevando, pero el policía no dudaba ni un poquito al manejar el móvil ni al hablar mal del ‘Kun’. No me pregunten por qué: no habría entendido sus razones ni siquiera de haber estado atento a ellas. Pero tenía asuntos más demandantes, como averiguar qué iba a ser de mí en las próximas horas. Por qué estaba siendo “conducido por la fuerza pública”, eso lo sabía bien, por la citación de hacía tres o cuatro meses.

Yo observaba el asiento duro, las rejitas robustas, la ausencia de levanta-vidrios pero la presencia de palanca para abrir la puerta (más tarde comprobé que no, que no se abría)… Mientras miraba la radio con intercomunicador, se escuchó “fuga en el penal con rehenes”. Pensé en mandar un mensajito avisando de la noticia al diario, pero preferí no hacerlo. El que sí andaba con mensajitos era el policía; se los dictaba a ella y le daba instrucciones.

La estaba retando por no sé qué cuando estacionó en la playa de los Tribunales Federales. Yo me preguntaba si lo que había cometido en San Juan dos años atrás era delito federal… Y entonces, antes de bajarse, se avivó donde me tenían que llevar:

–¡¿A San Juan?!

–¿Viste? A mí me parecía… –dijo la chica.

–Pero ¡están en pedo! ¡Tendría que estar persiguiendo la Trafic de los fugados y en vez de eso lo tengo que llevar a pasear a éste a San Juan!– marcha atrás.

–¿Qué, a San Juan me van a llevar? Porque, si es así, tendría que avisar al trabajo y…

–¡No, qué San Juan! Yo te llevo a la comisaría.– y otra vez a la calle.

Iba al mando del volante y de la situación: “Lo que pasa es que, si no te llevo detenido como piden acá (¿Ves? Mostrale, mostrale), te van a poner en la orden del día y ahí sí que fuiste”. No me atreví a preguntar qué era esa orden del día. No sabía si preocuparme –no me gustó escuchar “detenido”– o tomármelo como una experiencia nueva (y “tan enriquecedora como uno se la tome” al decir de mi papá). Igual, tanto él como ella me inspiraban cada vez más confianza. En ese momento ni me acordé del síndrome de Estocolmo.

La comisaría era una casa de barrio de esas de hace décadas: acogedora, aún bajo el disfraz de repartición pública. Entre las dos mujeres amables, la oficial de justicia y unas humoradas del policía, yo me sentía cómodo… digamos. Cada tanto jugueteaba con el celular, tentado de mandar el mensajito de la fuga. Una vez terminado el partido en la tele, me hicieron pasar a la oficina (¿el dormitorio matrimonial?) del que mandaba. Me saludó dándome la mano con franqueza y se identificó, pero no le entendí (sólo creí pescar un “Principal” antes del nombre). Me mostró el papel que habían traído conmigo: “¿Vos sabés por qué estás acá? ¿Te hicieron leer? Leé; leé tranquilo”.

No. No me arrepiento de haber hecho ese viaje a San Juan. Fueron sólo un par de días y nunca antes había visitado a mis tíos. En esa época de recién casados, llevabábamos a mi mamá y dos sobrinas y yo me sentía el hombre de la casa (bueno, del auto). Mala suerte: a la vuelta, la policía me paró. Querían retenerme el auto por tener vencida la tarjeta verde, pero me dejaron seguir al saber que estaba en sucesión. No por eso dejó de ser un buen viaje.

Omití mencionar que nunca volví para pagar la multa porque era obvio (ya había oído cómo las dos señoras habían sintetizado toda mi historia en una de esas frases tan precisas de la jerga judicial) y cerré con “Si yo nunca viajo a San Juan…”.

Los bigotes canosos hacían juego con los ojos claros (me hizo acordr a Dick Van Dyke): “Estos sanjauninos pretenden que yo te lleve hasta su juzgado ¡por una multa de tránsito! Pero ¿sabés lo que voy a hacer? Te dejo ir ya mismo. ¿Tenés para el micro? Eso sí: yo te aconsejo que viajés vos y resolvás el asunto. Porque si no, te van a poner en la orden del día y ahí sí que… Que te vaya bien” y otra vez me dio la mano.

Yo, medio aturdido, apenas salí, volví a entrar titubeando un par de preguntas. Casi me cerraron la puerta en la cara. Mientras iba por la vereda mandé el mensajito de la fuga al diario, y otro a mi esposa: “¡Me soltaron! Estoy cerca de los azulejos. ¿Cuántos compro?”.

Sí me arrepiento del mensajito al diario: me hizo sentir botón.

Cuando el ‘comentarista deportivo’ se despidió del empleado del corralón, me pareció que los dos hablaban con acento chileno. Ahí me cerró todo… y me alivié un poco más.

    Un detalle: En la página impresa no salieron las cursivas, lo que –creo– confunde el sentido de la última oración. Acá en el blog tampoco pude cambiar palabras puntuales a letra redonda en este estilo de texto que pone todo en cursiva, así que esas palabras las puse entre apóstrofes. Es lo que hay…
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3 pensamientos en “Orden del día

  1. LA VERDAD NO DEJÁS DE SORPRENDERME, ME ENCANTA COMO ESCIBÍS Y OBVIO TAMBIÉN TUS DIBUJOS SON GENIALES. EN VERDAD NO PUEDO DISIMULAR MI ADMIRACIÓN POR VOS Y NO HA DE SER PRECISAMENTE POR TODOS LOS SANTOS Y ÁNGELES DE TU NATALICIO, SINO MAS BIEN POR LO QUE EN VERDAD SOS COMO PERSONA, POR TODO TU SER Y TU ESENCIA…
    ME SORPRENDIÓ Y MATÓ TU RELATO…¿CÓMO PUEDE SER QUE AÚN NO TE HAYAN TERMINADO EL BAÑO…???!!!!
    AH! POR LAS DUDAS DATE UNA VUELTITA POR SAN JUAN, POR AHÍ ENCONTRÁS LOS AZULEJOS MÁS BARATOS!!!! DE ÚLTIMA PEDILE AYUDA AL MARIDO DE LA NILDA QUE EN UNA DE ESAS TE DA UNA MANITO Y SAFÁS DE LA ORDEN DEL DÍA
    BESOS
    TE QUIERO!!!!

  2. No me acordaba si tu cumpleaños era hoy o mañana, entré a tu blog en busca del dato natalicio…y me encontré con este relato- crónica- confesión-denuncia-desahogo tuyo. Lo leí completo ( cosa que es un logro en mí, ya que la lectura virtual no es mi preferida ni la de mis ojos que padecen irritaciones de PC) Pero valió la pena ¡Claro que valió la pena ! Que grande este Pavezka siempre a la orden del día.
    Por cierto ¡FELIZ CUMPLEAÑOS!!!!!!!!

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