Fin de Edición

Ilustración de la contratapaEl texto que sigue y su ilustración fueron publicados en el diario El Sol de Mendoza anteayer. Así concreté una idea que venía acariciando hacía tiempo: aportar por una vez texto a la contratapa del diario, donde siempre hago las ilustraciones. Fin de edición era el título original pero lo cambiaron por Esta vez, el que dibuja escribe.

Anteayer llegué al diario tarde, apurado, con varias urgencias en la cabeza. Mi silla estaba ocupada por otro, en la sección de Diseño había más gente que habitualmente y yo estaba apurado. Me saludó la Vero con un “Feliz cumpleaños”. No la entendí. Con la mirada me dijo:“¿Cómo, no te acordás?” y en voz alta: “Es el cumpleaños de El Sol ”. “¡Ah! ¿Hoy es 28?” fue todo lo que atiné a decir. Alguien contestó: “Sí, hoy estamos de festejo. Todavía debe haber comida por ahí”. Me dio rabia, porque yo nunca olvido esa fecha y en los últimos tiempos tenía presente el aniversario, antes de los afiches callejeros, antes del bombo. Me senté en mi lugar, volví a meterme en los asuntos del momento y me olvidé.

El 28 de abril del 2000 fue un viernes, y también habían afiches. Decían:“Buenas noticias: el viernes sale El Sol”, porque en esa época salía los
viernes. Pero El Sol venía existiendo desde un tiempo antes y yo me sabía parte de él desde hacía apenas unos días. No era diario, sino “semanario”, una mezcla rara de diario con revista —así se lo explicaban a sí mismos los de la redacción, para tratar de entender lo que éramos, ya que (casi) todo el mundo venía de trabajar en uno u otro diario… más bien en uno—.

Mis vivencias no eran las del resto de los miembros del equipo. Sólo hasta hace unos años me vi a mí mismo como integrante de la redacción. Antes, era un colaborador, algo así como un visitante más o menos asiduo, según la época. Pero siempre, desde antes de ese viernes, me sentí parte del grupo; y he venido aprendiendo lo que es un equipo siendo parte de este.

Entonces yo tenía 24 años y, si bien en la redacción nunca hubo gente de mucha edad, me trataban como a un niño. Era “el pibe que hacía las caricaturas”. En verdad era inexperto pero, francamente, en esa época yo no me sentía principiante, me consideraba con años de experiencia, y lo de no ser profesional se debía sólo al detalle de que “aún no había llegado mi oportunidad”.

Y la verdad es que estaba llegando, justamente, mi oportunidad. Se ve que la directora de Arte, Verónica Miguez –la Vero–, tenía eso claro. Yo había mandado una carpeta ese verano, por sugerencia de Chanti, que un buen día
me llamó por teléfono y me habló de “un nuevo medio gráfico en Mendoza”. Él, egresado de Diseño de la UNCuyo, me confió a mí, estudiante: “No digás nada, pero está metido Rubén Fontana”. Y yo no podía creer en ser parte de un proyecto de ese maestro. Era algo así como si me ofrecieran jugar en Primera con Maradona de técnico. Al tiempo me llamaron. A Fontana nunca lo vi; la Vero y Carlos Perlino —el director periodístico y con ella “padres de
la criatura”, al menos a mi entender— eran los que viajaban periódicamente a Buenos Aires para consultar los progresos. Ella me decía:“Va a haber varios dibujantes en el equipo, hay que ver qué podés hacer vos y qué le parece a Fontana” y, con eso, me daba a entender claramente que tenía que ganarme mi lugar. Oí mencionar a Rep, a Chiavazza, a Chanti, hasta a Mario Delhez, quien, al final, cedió su lugar a su hija Mariana, que luego se convertiría también en
diagramadora.

La Vero me daba notas para ilustrar, yo hacía un montón de bocetos y varios dibujos terminados, y le mostraba todo. Pero resulta que a ella le parecían más interesantes ¡los bocetos! Y, para colmo, me decía que no, que no iba bien
la cosa. Lo peor de todo es que ella me exigía pero me trataba muy bien, de un modo maternal, ¡y eso me desubicaba aún más! En cambio, a otros en la redacción los tenía a los gritos. Eso siempre me hizo gracia, la Enana –así dejaba que algunos la llamaran– sabía cómo hacerse respetar y cuidaba a sus protegidos sin pizca de despotismo.

Una vez me tentó: “¿Te atrevés a hacer caricaturas?”, mientras me llevaba a casa en su auto (resulta que éramos vecinos). Le respondí que sí me atrevía, pero que nunca lo había hecho en mi vida y que no creía que sacara algo bueno. No recuerdo su respuesta pero sí sé lo que pensó, pues se convirtió en la anécdota fundacional de nuestra amistad.

Luego de esa charla, en mis recuerdos aparecen horas trágicas en el tablero,
con varias fotos de personalidades a mi alrededor, y yo intentado sacar algo potable sin conseguirlo. El tiempo apremiaba, la Vero me había dicho muy seria que Fontana vendría a la mañana siguiente y sería mi última oportunidad de participar en el semanario. Yo sentía una gran presión, no lograba nada bueno, me salían caras horribles, ni hablar del parecido… Me preguntaba qué
estaba haciendo yo ahí, insistiendo en un imposible, si ya era tarde para todo.Tendría que haber aprovechado antes, cuando tenía tiempo. ¿Por qué nunca antes había hecho caricaturas? ¿Por qué justamente me venían a encargar eso, si no era lo mío? ¿Y qué era lo mío?, ¿las historietas?, ¿el diseño?, ¿el arte?…Ya la luz no entraba por la ventana, ya un poco de sueño sentía entre tantas otras sensaciones que chocaban, pero yo seguía tirando líneas, manchando hojas, gastando tinta, ensuciándome las manos y el tablero, que era casi tan blanco como el papel.

Esa madrugada pasé un sobre por abajo de la puerta de la casa de la Vero. En el sobre, varios papeles, algunos más chicos, otros más grandes, todos garabateados; unos a lápiz, otros a tinta. Eran caricaturas de políticos, de gente conocida… También había una cara chiquita de mujer con ojos en espiral, como hipnotizadores. Era la cara de la Vero (los que la conozcan personalmente comprenderán lo de los ojos), cuya mirada no había podido sacarme de encima en toda la noche… ni en todas esas semanas.
Dejé el sobre bajo la puerta y me fui a acostar, a dormir. A esperar.
Ocho años después estoy escribiendo estas líneas sin saber si se van a publicar o no. Tengo que terminarlas ya, porque entro al diario en… ya llego tarde. El Sol ya ha salido muchos viernes, y muchos días de semana también. Si me llegan a aceptar este texto para la contratapa, tengo que hacer la ilustración. Y si no, tengo que hacer la otra, la del texto que ya me mandaron hace un rato, como hace todas las semanas el Juan Martín Alonso de Deportes, que mete cuentos ilustrados –por mí– en las contratapas de los miércoles. No hay mucho tiempo. Ahora me voy al diario a retocar fotos, mi trabajo de todos los días. Esta nochecita habrá que ponerse a dibujar, porque el cierre apura.

Ocho años ya que estoy dibujando para El Sol (la primera vez también en la contratapa, en lo que se llamaba Fin de Edición). Y el tablero tiene muchas más manchas, pero sigue siendo blanco, casi tanto como el papel.

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2 pensamientos en “Fin de Edición

  1. lo único q puedo decir públicamente es q en El sol o en dónde sea, haya muchos otros “ocho años” dibujados por pavezka.

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